GK Game - шаблон joomla Joomla

Frente a una hoja en blanco

Valora este artículo
(1 Voto)

En 1922 se produjo un encuentro entre James Joyce y Marcel Proust, cuando ambos ya eran autores consagrados. En aquella velada parisina todos los concurrentes esperaban atentos una charla apasionada de literatura entre el irlandés y el francés, sin embargo todo fue un fiasco. A medida que la cena avanzaba fue evidente que los dos escritores no estaban dispuestos a compartir sus visiones del oficio, manteniendo una relación que navegó entre el desdén y la tensión. Como el mito que señala que en sus comienzos Eddie Van Halen tocaba la guitarra de espaldas para que ningún concurrente le robara sus trucos más complejos, los creadores que marcaron las letras del siglo XX exhibieron solo hermetismo.

La anécdota es recordada por Haruki Murakami en su reciente libro De qué hablamos cuando hablamos de escribir, donde el japonés concluye que lo que estropeó aquel encuentro fue el orgullo. "En esencia, los escritores somos egoístas, generalmente orgullosos y competitivos. Una fuerte rivalidad nos espolea día y noche. Si se reúne un grupo de escritores, seguro que se dan más caso de antipatía que de lo contrario". Si tomamos en serio lo que Mark Twain dijo de Jane Austen o cómo Jorge Luis Borges se refería a ciertos colegas es probable que el autor de Tokio Blues tenga razón. Pero estos enfrentamientos también empujaron a muchos autores a compartir sus consejos y visiones sobre la creación literaria, defendiendo su idea de lo que es un buen libro.

Es necesario recordar que hasta principios del siglo XIX la lectoescritura no era una capacidad masivamente afianzada. Por esos años la mayor alfabetización comenzó a permitirle a porciones más amplias de la población disfrutar de la producción literaria de la época, coincidiendo con el boom de los medios gráficos de información y de la novela como género popular. Pero habrá que esperar mucho tiempo para la creación de carreras especializadas en el oficio de escribir y la apertura de los primeros talleres literarios. Hasta entonces las "tertulias", reuniones sociales organizadas por respetable instituciones alrededor de una figura eminente de la cultura, eran los lugares a los que se debía concurrir en búsqueda de algún tipo de asesoramiento sobre la creación literaria. Es probable que fuera en uno de estos eventos en los que el ruso Antón Chejov dijo su famosa frase contra la obviedad de las palabras: "No me cuentes que la luna está brillando, muéstrame el destello de su luz en un pedazo de vidrio".

Una de las condiciones aparecidas durante el apogeo del Romanticismo es el llamado "bloqueo del escritor", entendido como la ausencia de ideas al sentarse frente a la página en blanco. En este sentido muchos coinciden en que lo importante es lanzarse a producir, sin esperar una situación mágica y extraordinaria digna de transformarse en una historia. "Si yo le hubiera mencionado a alguien hacia 1795 que planeaba escribir, cualquier persona con algo de sentido común me hubiera dicho que escribiera dos horas todos los días, con o sin inspiración. Ese consejo me hubiera permitido aprovechar los diez años de vida que me he pasado esperando la inspiración" señaló en sus memorias Stendhal, autor de Rojo y Negro. Por otro lado es necesario no encapricharse con nuestra primera ocurrencia. Ernest Hemingway fue claro: "El primer borrador de cualquier cosa es siempre una porquería". Dicho de otra manera, no hay que presionarse para producir una obra maestra, escribiendo el primer texto de un tirón y dejando las correcciones para más adelante, como recomendaba John Steinbeck.

Esta modestia necesaria a la hora de escribir fue retratada por Abelardo Castillo en su notable libro Ser escritor. Siendo un adolescente el autor de la La madre de Ernesto concurrió a su primer taller literario confiado en un texto que comenzaba con la frase "Por el sendero venía avanzando el viejecillo", la cual fue la única que llegó a leer en la clase ya que inmediatamente fue interrumpido por cuestionamientos del profesor: ¿Por qué 'sendero' y no 'camino'? ¿Por qué 'avanzando' y no 'caminando'? ¿Por qué no había escrito simplemente que el viejecillo venía avanzando por el sendero, que es el orden lógico de la frase? El joven Abelardo, con esa altanería típica de la adolescencia, respondió: "Bueno, señor, porque ese es mi estilo". La respuesta del director del taller fue contundente: "Antes de tener estilo, hay que aprender a escribir".

Es necesario tener en claro la dimensión de lo que queremos contar, ya que entre la concentración dramática de un cuento y la libertad formal que permite una novela hay mucha diferencia. Si nuestro objetivo es un relato corto, es conveniente saber cuál es el efecto que queremos lograr en el lector. "No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas" señala Horacio Quiroga en su Decálogo del perfecto cuentista. También es necesaria una mayor austeridad en el caso de los relatos, como señala Gabriel García Márquez: "La intensidad y la unidad interna son esenciales en un cuento y no tanto en la novela, que por fortuna tiene otros recursos para convencer. Por lo mismo, cuando uno acaba de leer un cuento puede imaginarse lo que se le ocurra del antes y el después, y todo eso seguirá siendo parte de la materia y la magia de lo que leyó. La novela, en cambio, debe llevar todo dentro".

Escritores

A pesar que muchas vanguardias del siglo XX buscaron poner en crisis la naturaleza narrativa de las ficciones, ciertos mecanismos y arquetipos se siguen repitiendo en las historias escritas. En palabras de Adolfo Bioy Casares: "Muchos escritores olvidan que la principal ocupación del narrador es narrar. A todos nos gusta que nos cuenten cuentos, desde luego. Ahora hay muchas novelas desprovistas de ficción y de trama: se las llama novelas pero adentro hay ensayos y pedantería". Por esto es necesario centrarse en hacer creíble el universo creado para nuestra historia, evitando la tentación de poner en el centro de la escena elementos personales que solo serán una distracción. En su ensayo Mientras escribo Stephen King afirma: "Aun cuando esto rompa tu corazón de pequeño escritor egocéntrico, mata aquellas partes que rompen con el ritmo y hacen una historia aburrida".

Más allá de las observaciones prácticas con respecto a ideas y fórmulas sobre el acto de escribir, muchos autores manifestaron su encono con diferentes formas del lenguaje que atentan contra la fluidez narrativa, aquellos 'tics' que pueden ensuciar un texto para siempre. Stephen King advirtió que el camino al infierno está pavimentado con adverbios, Francis Scott Fitzgerald aconsejaba borrar todos los signos de admiración posibles, mientras que Kurt Vonnegut decía que el punto y coma "solo sirve para mostrar que uno ha ido al colegio". Ver volcados estos lugares comunes lingüísticos, que usamos de forma constante al hablar, en una página es el equivalente a la molesta costumbre que tienen ciertas personas de escribir mensajes de texto usando solo letras mayúsculas. Todos estos autores coinciden en que el mejor remedio frente a las trampas que tiende el lenguaje escrito es la lectura. Leer todo lo posible es fundamental para escribir mejor.

Hoy asistimos a una explosión de los talleres literarios, con decenas de emprendimientos destinados a iniciar o perfeccionar en las letras a todo aquel que esté interesado. Esto se produce justo en un momento en el que el hábito de la lectura parece decaer, esbozando la posibilidad de un mundo donde los escritores superen en número a los lectores. El entusiasmo de tantas personas por acercarse a la creación literaria puede reflejar una frase de Marcel Proust, quien a pesar de ningunear a James Joyce, creía que todos teníamos algo valioso para decir: "El libro esencial, el único libro verdadero no ha de inventarlo el gran escritor en el sentido corriente, porque existe ya en cada uno de nosotros, sino traducirlo. El deber y la labor de un escritor son los de un traductor"

Log in or create an account