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Polémicas de tinta y sangre

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En el libro Nuevo Museo del Chisme el escritor y cineasta Edgardo Cozarinsky afirma que el chisme es una forma plebeya e incipiente de literatura. Y en dicho volumen, una selección fascinante de anécdotas y rumores sobre artistas y celebridades de todo calibre, confirma que las charlas que se escuchan en las reuniones culturales no difieren mucho de las habladurías de un grupo de señoras en una peluquería. Las personalidades ilustradas también tienen sangre en las venas, por lo que son proclives a las mismas conductas ridículas o miserables que caracterizan a todo ser humano.

Esta sospecha se transforma en certeza al repasar los enfrentamientos que tuvieron muchos respetados escritores a lo largo de la historia. En estos tiempos en los que la agresión es moneda corriente, con medios, webs y redes sociales transformándose a diario en caldo de cultivo para el escándalo fácil, muchos suelen referirse a los tiempos pasados como un periodo ideal, en el que las personas cultas tenían férreos códigos de honor. Sin embargo una mirada atenta descubrirá que son muchos los creadores que se lanzaron los dardos más venenosos entre sí.

Gran parte de esas agresiones están detalladas en Escritores contra Escritores, libro donde Albert Angelo recopiló cientos de comentarios descalificadores que autores de todo el globo le dedicaron a otros colegas. En sus páginas nos enteramos que Lope de Vega consideraba a Miguel de Cervantes un mal poeta y odiaba al Quijote con furiosa pasión en pleno siglo XVII. Incluso hubo casos en los que estos enfrentamientos tomaron la forma de textos, siendo una práctica común que los autores se atacaran mediante mensajes ocultos en poemas y sonetos. Incluso, cuando la discusión subía de tono, algunos no dudaron en citar con nombre a quien tanto les desagradaba. Allí están para atestiguarlo "Contra Luis de Góngora" de Quevedo y "A don Francisco de Quevedo" de Góngora, en el que estos dos poetas del Siglo de Oro español se dicen las peores cosas.

Algo que despierta asombro de muchos de estos encontronazos es la creatividad exhibida por los participantes a la hora de descalificar al otro. Un buen ejemplo es el de Vladimir Nabokob, quien dijo sobre Samuel Beckett: "Todo es tan gris e incómodo en sus libros que al final parece que sufre contantes malestares de vejiga, como le pasa a la gente mayor cuando duerme". Por otro lado el norteamericano Mark Twain dijo sobre su colega inglesa Jane Austen: "Cada vez que leo Orgullo y Prejuicio me entran ganas de desenterrarla y golpearle el cráneo con su propia tibia", evitando cualquier tipo de caballerosidad en el trámite.

No todas las peleas surgieron debido a diferencias literarias. Charles Dickens, el novelista victoriano por excelencia, era un gran admirador del escritor danés Hans Christian Andersen, famoso por sus cuentos para niños. Luego de mantener una copiosa correspondencia durante una década el británico decidió invitar al autor de El patito feo a pasar unos días a su casa de campo en Kent. Pero Andersen, una persona insegura con pocas habilidades sociales, tenía un escaso dominio del inglés por lo que no entendía ninguna de las indirectas que sus anfitriones le dirigían cuando notaron que era demasiado demandante. Esto, sumado a que el matrimonio Dickens se estaba desmoronando, transformó la visita en una pesadilla. Para colmo de colmos el huésped recibió una carta de su editor criticando uno de sus relatos, por lo que se pasó días sollozando en el jardín sin intenciones de irse. Cuando finalmente el bueno de Hans se fue el dueño de casa escribió en el espejo de la pieza que lo alojó: "Hans Andersen durmió en esta sala durante cinco semanas ¡que a la familia nos parecieron siglos!".

gabriel garcia vargas llosa-pelea

La literatura argentina también posee una larga historia de polémicas que varias veces dieron lugar a apasionantes discusiones ideológicas, como ocurre con la correspondencia que Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi se enviaron a mediados del siglo XIX. Hoy Las cartas quillotanas y Las ciento y una son un material de consulta imprescindible para entender el momento de la historia argentina posterior a la batalla de Caseros. Lo mismo dicen ciertos académicos sobre las distintas apuestas estéticas que los movimientos artísticos de Florida y Boedo defendían en la década del 30', que muchos interpretan como dos posturas antitéticas de entender el país. En el marco de esta última dicotomía fue que Roberto Arlt acusó a Jorge Luis Borges de "perder el tino".

Borges podía ser bastante ponzoñoso y sabía escudarse detrás de su imagen de viejito imperturbable mientras arrojaba ironías varias, como queda claro en el monumental libro Borges de Adolfo Bioy Casares. A lo largo de sus más de 1600 páginas son varios los literatos atacados por el autor de Ficciones, pero quizás quien se lleva la peor parte es Ernesto Sábato: "Borges me asegura que le ha tomado tanto odio a Sábato que ya no imagina su cara tal como es, sino en caricatura" atestigua Bioy. También es muy conocida la frase borgeana con respecto a Ernst Hemingway luego de enterarse de su muerte en 1961: "Hemingway, que era un poco fanfarrón, terminó por suicidarse porque se dio cuenta que no era un gran escritor. Eso, en parte lo redime".

El resto de América Latina también ha tenido sus sonadas polémicas. Uno de los escritores más importantes de las últimas décadas, el chileno Roberto Bolaño, no dudó en atacar a varios monstruos sagrados de las letras en español en sus entrevistas. Particularmente se ensañó con sus exitosos compatriotas Alberto Fuguet, Antonio Skármeta, Marcela Serrano e Isabel Allende. Esta última fue la única que se atrevió a contestarle diciendo: "Eché una mirada a un par de sus libros y me aburrió soberanamente".

Pero más allá de la virulencia de las declaraciones, estas peleas nunca llegaron a resolverse físicamente. La excepción es el ojo morado que Mario Vargas Llosa le provocó a Gabriel García Márquez en 1976, cuando al grito de "¡Traidor!" golpeó sorpresivamente al autor de Cien años de soledad en México. Aunque ninguno de los involucrados habló jamás sobre el origen de aquel puñetazo, todo indica fue una reacción del peruano ante ciertas insinuaciones de Gabo hacia su esposa Patricia. Teniendo en cuenta que con los años ambos autores se distanciaron en el plano político - Vargas Llosa se acercaría al liberalismo conservador mientras que García Márquez sería siempre un ícono progresista – aquella escena de celos que terminó teniendo impensadas consecuencias ideológicas. También le otorga una inesperada lectura boxística a los premios Nobel que los escritores recibieron años más tarde, un atractivo que por desgracia nunca volverá a repetirse.

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